Crítica de El niño y el mundo.

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Mágica y reivindicativa

El cine brasileño de animación viene pisando fuerte. Hace tan sólo dos años la película Rio 2096: una historia de amor y furia (Luiz Bolognesi, 2013) fue reconocida, entre otros, con el premio Anima´t en el Festival de Cine Fantástico de Sitges. Ahora se da un paso más en su consolidación como referente y El niño y el mundo (Alé Abreu, 2014) se ha colado entre las cinco finalistas que competirán a final de mes por ganar el Oscar al mejor film de animación, junto a otras cuatro cintas que rayan la excelencia como Del revés, Anomalisa, Cuando Marnie estaba aquí y La oveja Shawn.

Y es que estamos ante una de las propuestas más singulares del año. A simple vista puede parecer un trabajo sencillo y simplista, pero a poco que profundicemos en su estructura formal y en su acabado visual nos daremos cuenta de la complejidad que encierra. Y es que la gran virtud de este muy recomendable trabajo estriba en crear un universo de imaginación desbordante a través de la mirada inocente de un niño. Y además sin la necesidad de recurrir a ningún tipo de diálogo entendible (el lenguaje utilizado es imaginario, que en realidad es el idioma portugués al revés), apoyándose tan sólo en la música y en la capacidad absorbente de sus maravillosas imágenes. La imaginación al poder, como se decía en mayo del 68. El director ejerce como auténtico orfebre que utiliza el espacio en blanco para introducir una bonita historia dibujada con lápiz y crayón (una barra hecha de cera, carboncillo, tiza u otros materiales que se presenta en diferentes colores), la de un niño que un día ve partir a su padre de la aldea donde viven y decide seguirle a la ciudad en plan Marco buscando a su madre. El viaje le descubrirá un nuevo mundo industrializado y deshumanizado donde los valores han sido sustituidos por el materialismo y la mezquindad.

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El mensaje que se quiere transmitir cala hondo tanto en el espectador autóctono como en el foráneo: por un lado se pone en tela de juicio a través de la mirada infantil el duro clima económico que sufre Brasil desde que se convirtió en potencia mundial, y por el otro funciona como fábula ecológica universal en la que se critica la deforestación y el abuso tanto de las materias primas como del esfuerzo humano.

Cuando el padre de Cuca, el pequeño protagonista de la travesía, sale de su casa a la búsqueda de un empleo que le permita mantener a su necesitada familia (las motas en blanco y negro de los platos a la hora de comer significan la escasez de arroz y frijoles, los frutos ya no crecen en los árboles), el mundo de éste comienza a expandirse. Abreu le presenta una urbe donde es testigo de los efectos corrosivos de la desmesurada industrialización en el medio ambiente y el efecto de la pobreza en la calidad de vida de los trabajadores. Cuca explora la novedad con el afán de quien abraza cualquier descubrimiento, sin darse cuenta de que cada escena fusiona imágenes de opresión creativa bajo el tacón de la bota de un estado totalitario, que en ocasiones recuerda a la Alemania Oriental de antes de la caída del muro de Berlín. Los trabajadores son arrinconados como si fueran parte de la basura que se acumula en los márgenes de los barrios más pudientes, formando parte de una serie de detalles explicados con total eficacia para tratarse de trazos tan modestos. Se puede tildar al mensaje como de populista, pero lo cierto es que la maestría con que el director plasma en el tapiz filmado la representación de cómo los niños llegan a comprender cuestiones profundas que se les deberían escapar debido a su corta edad es total.

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En definitiva, El niño y el mundo es un lienzo impresionista de malestar e inquietud, pero a la vez de esperanza ante la ilusión de que las nuevas generaciones consigan acabar con las hostilidades que, por desgracia, son el pan de cada día. También es un ejemplo impresionante del poder de la animación, el color y la música como elementos evocadores de la emoción poderosa y profunda. Tenemos que celebrar la aparición de la distribuidora Rita & Luca Films, especializada en cortometrajes y películas con encanto para niños y niñas de dos a doce años. Gracias a ellos tenemos la oportunidad de ver en cines esta joya animada premiada en Certámenes tan importantes como los Festivales de Annecy u Otawa, y que no debería pasar desapercibida para todos los amantes del cine de animación con pedigrí.

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