Fallece a los 88 años Amparo Rivelles, la intérprete que conquistó México

imagenHija de dos grandes de la escena española, Rafael Rivelles y María Fernanda Ladrón de Guevara, Amparo Rivelles (Madrid, 1925) se crio en una saga de actores en la que los abuelos paternos también se dedicaban a la interpretación –Jaime Rivelles y Amparo Guillén–. Hermana de Carlos Larrañaga, desaparecido el pasado año, debutó a los 13 años en la compañía teatral de su madre. Su primera aparición en la gran pantalla le llegó siendo una quinceañera de la mano de Armando Vidal en Mari Juana. Con los años, fue Blanca en El clavo, Rocío en La duquesa de Benamejí e Isabel de Farnesio en Esquilache. Gracias a su destacada presencia, su linaje escénico y un sentido del humor exquisito –“Mi fallo ha sido la risa”–, no se le escaparon a Rivelles las grandes protagonistas de la tradición narrativa española, la estrella de CIFESA llegó en su madurez a ser la Celestina. Y es que como decía la primera ganadora del Goya a Mejor Actriz Protagonista, “he trabajado mucho”.
A los 10 años quería ser abogada, pero pronto se dio cuenta que llevaba en las venas sangre interpretativa y dejaría patente en la gran pantalla que los espectadores se encontraban ante una firme promesa. En sus primeros años en el teatro estuvo en ‘La madre guapa’, ‘Campo de armiño’, ‘Don Juan Tenorio’, ‘A puerta cerrada’ y en ‘A las seis en la esquina del bulevar’. Se convirtió en una de las estrellas de CIFESA, productora con la que trabajó en los años cuarenta y cincuenta en largometrajes como Los ladrones somos gente honrada, Malvaloca, De mujer a mujer y La leona de Castilla, entre otros. Realizadores internacionales comenzaron a fijarse en esta morena racial: el italiano Vittorio Cottafavi contó con ella para Las cárceles de Venecia, Orson Welles la dirigió en Mister Arkadin –Rivelles se vanagloriaba de no haber repetido ni una toma con este realizador de fuerte carácter– y el argentino Tulio Demicheli en La herida luminosa. En los títulos de crédito de algunas de esas cintas figuraba como Amparito Rivelles, diminutivo que nunca le gustó a esta actriz madrileña que se sentía un poco valenciana.

En 1957, ‘la Rivelles’ fue a México para representar la obra Un cuarto llena de rosas, país en el que desarrolló una intensa carrera interpretando seriales, hasta el punto de llegar a ser considerada como “la reina de las telenovelas mexicanas”. Su viaje, que, en un principio, solo estaba previsto para seis semanas duraría finalmente 24 años. Durante su estancia en el país azteca, tuvo un desencuentró con Luis Buñuel, con el que iba a trabajar en El ángel exterminador –abandonó en el último momento su participación en esta producción por no estar de acuerdo con el orden de los títulos de crédito–. El papel de la dueña de la casa en la que se desarrolla la historia fue finalmente interpretado por Lucy Gallardo.

Un viaje de ida y vuelta

Se la llevó el teatro y volvió a España definitivamente con otra pieza bajo el brazo: Salvar a los delfines, de Santiago Moncada, donde, dirigida por José Luis Alonso, reapareció en el Infanta Isabel en septiembre de 1979. Una comedia con la que la intérprete quería testar su relación con el público nacional. En ‘El País’, el crítico Eduardo Haro Tegclen le dedicó unos párrafos: “Amparo Rivelles dejó un buen nombre de actriz al marcharse de España: se lo encuentra intacto al volver, incluso aumentado por el vientecillo de nostalgia y de regreso que hay ahora en el teatro español. Lo merece”. Pocos años antes, Rivelles había picoteado en el celuloide español a través de las coproducciones entre España y México ­La madrastra, Playa vacía y La Coquito.

Después de haber arrasado artísticamente en México, volvió a su país dejando tras sí un público volcado en su figura y con la incertidumbre de cómo la recibiría el español tras tantos años de ausencia. Tras participar en 1982 en la inolvidable serie de televisión ‘Los gozos y las sombras’, en la que compartió reparto con su hermano Carlos, Eusebio Poncela y Charo López, trabajó a finales de los ochenta bajo la dirección de Josefina Molina en Esquilache, y José Luis García Sánchez en Hay que deshacer la casa, papel que le valdría el Goya. En 1995, dirigida por Fernando Méndez-Leite, le dio la réplica a Aitana Sánchez-Gijón y Carmelo Gómez en la ficción televisiva ‘La Regenta’.

Una dama de la escena

El teatro la convirtió en dama de la escena. Hasta su retiro, se puso en la piel de personajes ideados por Jardiel Poncela, Jacinto Benavente, Miguel Mihura, Jean Cocteau, Jean Girauodoux, Oscar Wilde y Alejandro Casona. Después de haber sido La Celestina, a las órdenes de Adolfo Marsillach y la entrañable protagonista de Paseando a Miss Daisy, en enero de 2006, cuando recorría España girando ‘La duda’, adaptación de Juanjo Seoane de El abuelo, de Benito Pérez Galdós, tuvo lugar un momento inolvidable en su trayectoria. Tras solo cuatro funciones, en una representación en Santander, se dirigió al patio de butacas: “Acaban de ver ustedes la que, quizá, sea la última función de Ámparo Rivelles”. La misma obra con la que se despidió su padre y la ciudad de su debut en la escena acogían también su adiós a las tablas.

Culminó una carrera que casi duró setenta años en activo y dejó para siempre las esperas entre telas y las interminables jornadas en los sets de rodaje. Entre tanto, se le otorgaron numerosos galardones: el Premio Nacional de Teatro, el Goya a la Mejor Interpretación Femenina Protagonista, el Fotogramas de Plata a Toda una Vida, el premio ACE, el Mayte, el del Círculo de Escritores Cinematográficos y el Ercilla de Teatro. Cuenta con una estrella en el ‘Paseo de la Fama’ madrileño y fue investida Doctora Honoris Causa en el 2005 por la Universidad Politécnica de Valencia.

Ya en su retiro, para dar testimonio de afecto y gratitud, el Instituto Cervantes, entonces comandado por Carmen Caffarel, le ofreció un significativo homenaje en septiembre de 2011, que fue conducido por Fernando Méndez-Leite y la periodista Rosana Torres. Compañeros, familiares y amigos arroparon a la actriz y le dedicaron emotivas palabras. Emocionada ‘la Rivelles’ manifestó: “A uno le duele todo. Sobre todo cuando has estado trabajando desde los 14. He pasado mucha hambre y no he adelgazado, ahora que no trabajo y como todo lo que quiero estoy delgada. Supongo que es para que me vaya acostumbrando al esqueleto”. El público puesto en pie y sonoros aplausos la despidieron, ella jamás perdió el sentido del humor.

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